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Las reglas de composición fotográfica que usamos en paisaje

Cuáles son las reglas de composición fotográfica, cómo se reconoce cada una en una escena de paisaje y por qué todas sirven al mismo fin: el equilibrio.

Juan
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Templo japonés entre arces rojos reflejado en un estanque, con dos círculos que señalan los dos centros de interés y un eje vertical con flechas que marcan el equilibrio entre ambos lados del encuadre
Índice del artículo: se generará con un script a partir de los H2 y H3 del contenido. En v1 sin resaltado activo.
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Las reglas de composición son cinco: la regla de los tercios, las líneas guía, el equilibrio visual, la perspectiva y el marco natural. Ninguna es obligatoria, se pueden combinar todas en una misma fotografía o no usar ninguna, y su único objetivo es que la imagen cuente lo que quieres contar.

Esta guía explica qué es cada una y cómo se reconoce sobre una escena real de paisaje, que es donde nosotros trabajamos. No es una lista para memorizar: es un vocabulario. Una vez lo tienes, dejas de mirar el paisaje pensando «qué bonito» y empiezas a mirarlo pensando «por dónde entra la mirada aquí».

Empecemos por lo que hay antes de las reglas, porque sin eso no sirven de nada.

Qué es componer

Componer es ordenar los elementos dentro del encuadre para contar la historia de la imagen. No es colocar bonito: es decidir qué se mira primero, qué después y qué sobra.

Antes de cualquier regla hay que resolver una pregunta: cuál es el protagonista. Llamamos protagonista —o centro de interés— al elemento que da sentido a la fotografía. Si no puedes nombrarlo en una frase, todavía no hay composición que ordenar, y ninguna de las cinco reglas lo va a arreglar.

Con el protagonista decidido, el trabajo consiste en dos cosas: que el resto de elementos lo señalen, y que no haya nada en el encuadre que compita con él sin aportar nada. Lo que no aporta, se quita. Esa es la idea de simplicidad, y es la que hace que una imagen se lea limpia.

Y una advertencia que conviene dar pronto: componer bien no es un don. Es un conjunto de normas que, de tanto practicarlas, terminan saliendo solas y sin pensar.

La regla de los tercios

Divide el encuadre en nueve partes iguales con dos líneas verticales y dos horizontales, y coloca los elementos lineales sobre las líneas y el protagonista en uno de los cuatro cruces.

Es la más conocida y la más rentable en paisaje, porque resuelve de un golpe la decisión que aparece en casi todas las fotos: dónde cae el horizonte. También es la que más se aplica mal, porque se usa por sistema en escenas que pedían otra cosa.

La desarrollamos entera —cómo se aplica al horizonte y al protagonista, cómo activar la cuadrícula y en qué tres casos conviene romperla— en la guía de la regla de los tercios.

Líneas guía: el camino que recorre la mirada

Las líneas guía —o líneas de lectura— son los elementos alargados de la escena que imponen un recorrido visual hacia el centro de interés. Un río, una carretera, una cresta, un sendero, una hilera de postes.

No siempre son literales. A veces el cerebro las completa solo, uniendo elementos sueltos que están alineados, y funciona igual. Según cómo sean, transmiten cosas distintas:

  • Diagonales. Dan dinamismo y tensión. Son las más enérgicas, y a veces merece la pena inclinar la cámara a propósito para conseguirlas.
  • Curvas. Transmiten suavidad, fluidez y armonía. Un riachuelo serpenteando o una carretera de montaña llevan la mirada sin brusquedad.
  • Convergentes. Diagonales que se juntan en un punto. Generan profundidad y perspectiva, y son especialmente potentes cuando convergen justo en el protagonista.
  • Horizontales y verticales. Las verticales transmiten estabilidad y solidez; las horizontales, calma y equilibrio. Las capas de montañas son el ejemplo típico en paisaje.

La comprobación es sencilla: mira tu foto y pregunta por dónde entra el ojo y hacia dónde va. Si el recorrido termina fuera del encuadre en lugar de en el protagonista, la línea está trabajando en tu contra.

Camino entre un bosque de bambú con una figura de paraguas rojo al fondo y flechas trazadas sobre las vallas laterales, que convergen hacia ella
Dos líneas convergentes y una figura al final del camino: la mirada no tiene otra opción que ir hasta el paraguas rojo. El color ayuda, pero quien manda aquí son las vallas.

Perspectiva: cómo se consigue la profundidad

La perspectiva es lo que convierte una imagen plana en una escena con fondo. Una fotografía tiene dos dimensiones; la profundidad hay que fabricarla, y en paisaje se fabrica sobre todo de tres maneras.

Con líneas convergentes, las mismas del apartado anterior: cuando dos líneas se juntan a lo lejos, el ojo entiende distancia.

Cambiando la altura de la cámara. Desde un punto elevado se ve la relación entre los elementos a distintos niveles y el paisaje se ordena. Desde muy abajo, casi a ras de suelo y con un gran angular, ocurre lo contrario y es aún más eficaz: un primer plano cercano se agranda frente al fondo y aparece una sensación de espacio que de pie no existía. Es de los recursos que más usamos.

Con un primer plano desenfocado, si no llevas gran angular. Con un zoom medio o un teleobjetivo y el diafragma abierto, colocar algo cerca del objetivo añade capas aunque el tele comprima los planos.

Cascada islandesa de agua turquesa fotografiada desde muy cerca del cauce, con el agua ocupando todo el primer plano y el paisaje nevado alejándose hacia el fondo
Cámara casi dentro del agua y gran angular: el cauce se agranda en el primer plano y abre la escena hacia el fondo. La misma vista tomada de pie sería plana.

El marco natural

Consiste en usar elementos del propio entorno para enmarcar al protagonista. Dirige la atención hacia él y, de paso, añade contexto y dimensión a la escena.

El marco puede ser evidente —la boca de una cueva, un arco de roca, unas ramas arriba y unas piedras abajo— o no serlo en absoluto. La niebla más densa alrededor del sujeto también enmarca. Una zona oscura que rodea una zona iluminada también. Funciona igual en paisaje, en ciudad y en fotografía callejera.

Es, además, la regla que más se puede buscar: casi siempre hay algo alrededor que sirve de marco si te mueves un poco.

Pabellón japonés iluminado al atardecer sobre un lago, visto a través de un marco natural de ramas de arce rojo que cierran el encuadre por arriba y por los lados
Las ramas de arce cierran el encuadre por arriba y por los lados, y dejan al pabellón solo en el centro del hueco. El marco estaba en el sitio: había que encontrar el ángulo desde el que aparece.

Para qué sirven todas: el equilibrio

El equilibrio visual es la distribución del peso de los elementos dentro del encuadre, y es la única regla que buscamos en absolutamente todas las fotografías. Las otras cuatro se usan cuando la escena lo pide; esta siempre.

Cada elemento pesa según su tamaño, su color, su forma y lo que representa. Y el espacio vacío también pesa, que es lo que más cuesta interiorizar. Hay dos formas de conseguirlo:

  • Equilibrio simétrico. Los elementos son iguales o muy parecidos a ambos lados de un eje. Transmite calma y estabilidad, y es lo que pide un reflejo en un lago en calma.
  • Equilibrio asimétrico. Los elementos son distintos pero se compensan: una montaña pequeña y oscura a un lado sostenida por un gran mar de nubes al otro.

El truco práctico: imagina la fotografía como una balanza con el eje en el centro y pregunta si se inclina. Si se inclina, mueve el encuadre.

Valle islandés dividido por un eje vertical discontinuo: a un lado un río trenzado claro y extenso, al otro un pináculo de roca oscuro mucho más pequeño que lo compensa
Equilibrio asimétrico: a la izquierda del eje, un río claro y extenso; a la derecha, un pináculo mucho más pequeño pero oscuro y con forma. Pesan lo mismo, y la imagen no se inclina.

Aquí nos quedamos a propósito en la superficie. Cómo se calcula el peso visual de cada elemento, cómo se usa el vacío a favor y cómo se dirige la mirada con todo ello es el contenido del ebook, y no cabe en un artículo.

Cuántas usar en una misma foto

Las que pida la escena, incluida ninguna. Se pueden combinar todas en una imagen —una línea curva que lleva a un protagonista situado en un punto fuerte, enmarcado por la niebla y compensado por un vacío al otro lado— o se puede hacer una gran fotografía sin aplicar ni una sola.

Lo que no funciona es lo contrario: elegir la regla primero y buscar después una escena que la cumpla. El orden es siempre el mismo: qué quiero contar, quién es el protagonista, y solo entonces cómo lo coloco.

Dos consejos que valen más que las reglas

De todo lo que enseñamos sobre composición, estas dos cosas son las que más cambian el resultado de una foto a otra:

  • No ahogues la composición. Deja siempre algo de aire entre los elementos con peso y el borde del encuadre. Cortar pegado a algo importante genera sensación de agobio aunque todo lo demás esté bien colocado.
  • No abuses del trípode. Ayuda a ser preciso, sí, pero te ancla a un sitio y te quita las ganas de moverte. Y componer es, sobre todo, moverse: agacharse, subir, dar diez pasos a la izquierda. Úsalo cuando haga falta de verdad.

Lo que conviene recordar

Las cinco reglas no son un examen: son un vocabulario para mirar. Primero decides qué cuentas y quién es el protagonista; después eliges las herramientas que lo ayuden; y en todos los casos compruebas si la imagen queda equilibrada. Cuando lo hayas repetido lo suficiente, dejarás de aplicarlo conscientemente — y ahí es donde empiezan las composiciones que son tuyas y no de nadie más.

El peso visual, el uso del vacío y cómo dirigir la mirada de quien mira tu fotografía los hemos reunido en el ebook gratuito de composición, con ejemplos reales de nuestros viajes. Descargar el ebook

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Profesor de Edición Fotográfica

Juan

Fotógrafo y docente, apasionado por la fotografía, la edición y por entender cómo sacar lo mejor de cada imagen.

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